Una mujer se sienta en la sala de espera de un médico, cruza las piernas, levanta las cejas, echa un vistazo a su alrededor, mira en los ojos al hombre sentado en frente suyo y baja enseguida la mirada, deja el bolso en la silla de al lado, se apoya al respaldo del asiento y se rasca la cabeza.
No ha hablado pero sí ha comunicado algo. Sigue leyendo






